Con el pasaporte y el billete en la mano abandono la Terminal 4 al tiempo que giro por última vez la cabeza. "Que la oscuridad te guíe" digo mirando a mi amigo y a mis padres, casi para mis adentros y me encamino hacia el avión. Después de un tedioso pasillo alcanzo el vuelo en dirección a Miami, vuelo que tendrá una dirección de nueva horas. En el transcurso del vuelo pienso en todo una y otra vez , de un modo incesante ¿ qué voy a hacer allí tantos meses?. El darle vueltas no era positivo, la decisión la tomé hacía mucho y no debía echarme atrás.- "Paso de darle vueltas, leeré Dragon Ball"- y saqué el primer tomo del manga con páginas a color intentando disuadir los pensamientos con sonrisa.
Tras charlar con un belga de al lado y comer un total de tres veces,saboreando el jamón ibérico como si fuese el mayor tesoro del mundo, llego a la terminal de Miami, sin saber si alguien iba a entenderme. Me acerco a por mi maleta y ¡sorpresa! no sale. Con tan sólo 20 minutos de plazo para coger el vuelo a Bogotá descubro que va directa al aeropuerto de Eldorado por boca de unos latinos que trabajaban allí pero que no parecían saber de la misa la media. Rápidamente atravieso la terminal en busca de mi avión y cuando llego , oigo un aviso que no se por qué me resultó inesperado: El vuelo con destino Bogotá se retrasará cerca de media hora.
"Vale, si dice éso tardará como una hora en despegar, voy a ponerme cómodo." Con intención de cenar algo pago con dólares una crema que resultó estar asquerosa y espero mirando féminas en el vestíbulo de la entrada al avión.
"Umm.. la gorra, el tipo de ropa... creo que no deben ser muy diferentes de las hispanas (que no latinas, las latinas son las europeas) que están en Madrid." Finalmente entro en el avión , me dispongo a colocar la mochila en el espacio de arriba reservado a tal fin y descubro que ya hay una maleta encima.
- Oigan, ¿No queda espacio? debo poner la mochila. - digo a los compañeros de vuelo de las sillas colindantes.
- Tranquilo compadre, no son nuestras, pero ahí mismito tienes espacio. - Me señaló un hueco sin bultos enfrente de mi sillas. " Ah ya veo,no son muy ordenados pero tampoco se complican. Puede que no esté tan mal después de todo"-concluí para mí mismo.
El viaje transcurrió entre angustias por mi maleta. ¿ Sería verdad que iba directa? En Barajas no dijeron lo mismo...
Después de tres hora de desatino llego a mi destino con dos horas de retraso y temiendo que nadie me esperase ya, tal y como habíamos acordado.
Al salir y pasar varios trámites encuentro milagrosamente mi maleta justo cuando iba a preguntar por ella, salgo de la terminal y allí me esperaban.
Sentí un gran alivio y saludé a los propietarios de la casa donde iba a instalarme , que muy amablemente me preguntaron por el vuelo mi carrera y demás. Mientras tanto iba con los ojos abiertos contemplando dónde estaba. ¿ Sería como estar en otro mundo? Los precios de las tiendas parecían decirme que no era todo tan distinto... Los señores de la casa me informaron de la distribucion de las direcciones en calles y carreras, siendo las carreras paralelas a las Montañas que rodeaban la ciudad: Montserrat y Guadalupe.
Nada más llegar vi una chica que tenía pinta de interesante que también residía en la casa, de algun modo me fui a la cama con otra cara después del estresante viaje.
Pero la verdadera historia comienza al día siguiente...
Alrededor de las 8 de la mañana de un sábado veraniego en Madrid, me encontraba yo intentando abrir la puerta de la que será mi hogar durante ni más ni menos que 5 meses.
Aquel día apenas anduve por la carrera 13 calle arriba y calle abajo, compré una tarjeta sim de móvil y poco más. Me habían comentado que la universidad javeriana en la que estudiaría estaba cerca, así que al día siguiente, domingo, me puse las deportivas y partí a dar vueltas.
Gracias a las indicaciones de un evidente descendiente de criollos , como bien indicaba su piel blanquecina, llegúe al cabo de media hora a la universidad y quedé sorprendido.
-¡Oh, pues tiene buena pinta! Rodeada de campo en el interior tenía más verde que cualquiera de las universidades de Madrid y parecía bastante grande. Un guardia de seguridad me informó de que al día siguiente estaría abierta desde las seis de la mañana, así que podría despachar rápidamente el tema de las asignaturas que quería cambiar.
Ya ya... ingenuo de mí.
Una vez en la puerta de la Javeriana un domingo antes de las 10 de la mañana, pensé que sería bueno conocer el centro de la ciudad,ya que no tenía nada mejor que hacer y en el centro seguro que la comida era más barata. Así que equipado con las llaves de la casa y varios miles de pesos. Un policía me informó que era tan sencillo llegar como andar recto , aunque me recomendó coger una buseta como aquí llaman a una mezcla entre furgoneta y autobús. Como desconocía el funcionamiento del transporte y no tenía ningún afán por gastar tiré para adelante toda la Carrera Séptima. Estaba en el norte y me encaminaba al centro histórico de Nueva Granada, un verdadero centro de extracción de oro de nuestro viejo Imperio.
A las pocas cuadras (como aquí llaman a las manzanas), la calle se volvió peatonal y miles de ciclistas paseaban sin orden pero con respeto y con muchos perros a veces. También los atletas recorrían la carrera sin problemas,mientras todo el ambiente se envolvía de mercaderes que ofrecían comida de todo tipo y esta sí era barata. Pero de momento no me fiaba mucho de aquella "fritanga". Atravesé la zona de Usaquén para llegar al Parque Nacional, un famoso parque que atrae a foráneos y autóctonos los findes. Tuve unas ganas locas de ir a un jodido baño. "¿ Aquí se podrá mear en la calle?" Prefiero ver si alguien lo hace antes de liarla... Encuentro un baño al llegar al parque pero el cartelito es claro: 300 pesos. ¡ Pagar por el retrete! No, yo paso. Lo veo razonable porque son baños públicos y hay que cuidarlos pero no estaba para despilfarrar dinero, así continué mi crónica y encontré un subway de bocatas. Aproveché que había gente pidiendo para entrar sin pena ni gloria y salir triunfante. Había avanzado bastante por la séptima y me dirigía a la plaza Simón Bolívar donde se encontraba la Catedral decimonónica junto a monumentos de la época colonial. Atravesé un barrio de carácter financiero y llegué al verdadero centro: La gente aumentó por momentos y todo se llenó de mercado ambulante y de pymes en las aceras. Pude observar con curiosidad que la gente iba sin prisa, como un día en un pequeño pueblo. Me puse a ver el espectáculo callejero de un costeño que parodiaba la manera que tenían las mujeres de distintas clases sociales cuando trataban de ligar con ellas. Resultó gracioso y tras ésto , iba a imitar un baile clásico de allí utilizando tacones y minifalda, pero antes hizo un inciso. Expuso que pasaría ahora la gorra antes de acabar para evitar que la gente se fuese y se quedasen sin comer él y su hijo de la costa. Hasta aquí nada hay de sorprendente en el relato. Sin embargo, después de recoger el dinero de la gente que lo rodeaba y era su clara espectadora, el artista contó el dinero y pidió la necesidad de que le dieran tres mil pesos más , incluso miró a los que no le había echado nada. No reprobé su actitud , pues ignoro las costumbres de los artistas callejeros en Hispanoamérica y no soy quién para cuestionarlas, pero lo miré expectante. Aquel tipo fue un verdadero artista que no reanudó su show hasta que consiguió los 3000 pesos de más.
Me marché al finalizar reflexionando sobre este hecho y leyendo los mensajes de tiestos situados en la calle y pintados con cierto estilo.
Después de varias horas de caminata finalmente había llegado. Contemplé la Catedral de Nueva Granada y me senté en los escalones mientras leía unas pancartas contra el imperio americano que sostenían dos individuos en bici.
Decidí acercarme a la única oficina de turismo que hasta la fecha conozco de Bogotá y pedir un plano de la ciudad. Sin embargo sólo había uno del centro histórico. Lo cogí y decidí callejear un poco hasta encontrar un sitio de comida tradicional donde comer barato. Y por supuesto lo encontré. Comí una sopa extraña y luego un plato con carne , arroz y frijoles. Vamos, lo que siempre se come aquí.
Más tarde subí por el barrio tradicional de la Candelaria y contemplé sus casas. Se veía claramente la humildad de sus gentes y de algún modo eso me alegró.
Y allí estaba yo, en medio de un mundo desconocido que me recordaba al mío en algunos aspectos pero donde nadie sabia mi nombre. Eso me daba tranquilidad pero también me inquietaba. Miré por dentro la catedral , sin nada destacable y di media vuelta. Me esperaban unas dos horas de caminar.